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jueves, 10 de mayo de 2012



"Terapia de Reconstitución 

Geográficafectiva"

(Recaída # 5)

(( Diagnóstico: Entumecimiento general, gripaza, tos de gato -aunque seca, casi de perro-, fiebre muy alta y morriña en grado severo ))


“Nostalgia”

Llevo meses hospedado en el taller de mi desguace

Indisciplinado pasajero sobornando a los husos

Mi piel desaliñada y curtida -en relieve los tatuajes-

Convive con las telas de araña la grasa y el musgo

Que aspas de ventiladores vomitan sobre los catres.

Mientras, torpe sorbo el caldo de insípidos frutos

Montado en el avión kamikaze de mis estampidas.

Así me trazan: borracho furtivo pendenciero cobarde

Encharcado en hondas gestiones de contrabandista

Náufrago tormenta marejada orilla -en tierra de nadie-

Henchido mi bloc de alambradas en clave púas y tinta

De garitos parques dragones delfines meninas y barbies

Subastas saqueos y rituales sórdidos en una ciudad plomiza....



Nocturna tu brisa me envolvió erizándome entero. El ángel

De tu rostro endemoniado se hizo alameda atasco y llovizna

Y bebí -cual brindis utópico y transoceánico- el equipaje

Criminal de tu vestigio: dulce racimo embriagadora sangre

Adheridos a este viñedo empeñado en convertirte en vendimia...



( Claudio Olivos - Mayo 10 de 2012 - Santiago Centro, Santiago de Chile )



miércoles, 2 de julio de 2008


" Poemas de los Bajos Fondos )

( VINCENT van GOGH - "Backyards of old Houses in Antwerp in the Snow" - Antwerp, Belgium - December 1885 )


I. " Ajuste de Cuentas "

Hay carne para todos los hambrientos en los prostíbulos.
Jadeantes escaleras de caracol, pasillos güitreados.
Desvencijadas puertas apuntaladas con Etiquet en tubo.
(Hay para los pitucos lavatorios y catres refractarios).
Cómics de la Bolocco horrorizada junto a Menem desnudo.
Vidrios rotos en las ventanas con cagarrutas, patas de gallo.
Hay en el techo grasientas asas de ventiladores en desuso.
Olor a naftalina, tráfico de purgas, oraciones y rosarios.
(Penthouses, nudos de corbata y pastillas para los brutos).
Hay lágrimas de cocodrilo, gentilicios enkamasutrados,
Tarifas flexibles, rictus y muecas, miel aviesa en los labios.
Enormes pechos: operados y naturales: para todos los gustos....
Hay entrepiernas sudorosas empolvadas con Talco Marcelino.
Sexos oscuros, lácteos, tiernos, cuyo Punto G es una campana.
Ladillas- babosas- liendres- polillas- pulgas- chinches- golondrinos.
Y hay jadeos falaces incitando chorreos precoces, prontas pagas.
Responsable de ese chupar de tetas que desvalija los bolsillos,
Es ese neón chirriante que estornuda en Ismael Valdés Vergara.
O los gatos del gran Payo Grondona, esos gatos mapochinos.
O la mujer en casa que peina bigote y que va toda destartalada....

Una tarde, uno que fue mi amigo cayó redondito en la centenaria trampa.
Uno bien choro que usa Axe y que prende fósforos con los dientes.
Uno al que una que es mi vieja amiga no le quiso perdonar la fianza.
Uno que no se resistió al "mientras yo te la chupo tú me los muerdes".
El muy desgraciado se creyó billete y a ella la creyó moneda.
Baboso, sucumbió a la infernal sonajera de joyas de la China.
Fuera de sí metió mano antes de subir. Lo hizo en plena vereda.
Cuando la sacó ya había eyaculado su tiesa e impaciente tripa.
Empelotas y tumbada en el catre, a mi amiga le entró la malicia.
Y le hizo una indolente paja a dos dedos sin conseguir que se le endureciera.
Usó el tiempo de sobra hojeando la Cosas y llamando a mi oficina,
El pobre diablo roncó en el modo conferencia del teléfono su ridícula escena....
Ella fingió en la despedida arrumacos del tipo: "¡Qué larga y gruesa la tienes!"
Él compró la moto enseguida: "Gruesa pa’ que roze y larga pa’ que llegue".
Ella negoció la noche completa ofreciendo de yapa un griego made in Recoleta.
Él volvió a empelotarse confiado en volver a comportarse como toda una fiera.
Mi entonces jefe sucumbió buscando el Punto G en el ombligo, en las orejas.
Se durmió graduando su ignorancia, sin poseerla. Al rato rodó escaleras abajo....
A eso de las siete despertó sobresaltado bajo el neón. En la misma vereda.
Allí, donde horas antes metió mano, ahora le metía mano y lo lamía un gato.
Tanteó su billetera vacía y descubrió sendos agujeros en la suela de los zapatos.
Y en el cuello de la camisa el sebo de cuarenta días y sus noches respectivas.
Sin éxito intentó cerrar la bragueta de unos bluyines que tampoco le pertenecían.
Creyendo pasar piola, así se presentó en la pega el día que el culo le volaron.
Esa misma noche, como cada viernes nos emborrachamos en un tour por Bellavista
Mi amiga Vania y yo reímos como cabros chicos con esta crónica del ahue'ona'o
....
                             

( Claudio Olivos - Marzo 12 de 2003 – Santiago de Chile )


II. " Por la Vista "

Una felina cincelada que destella fulgor
Envuelta en un rojo que la ciñe furioso
Y subida a quince centímetros de tacón
Se desplaza entre una turba de babosos.
 Ávidas y lánguidas, las miradas enceguecen
Un contoneo resuelto resquebraja las baldosas
Su telúrico desdén, su desprecio le previenen
En sus lentejuelas rebotan piropos y palabrotas.
 Intempestivo, un automóvil galáctico y esbelto
Se detiene junto a sus pasos. Un hombre bronceado
Asoma el perfil de su chequera más apuesto
El objeto del deseo sube y se alejan muy despacio
El tumulto se paraliza y observa boquiabierto
Más de lo mismo hacen desde arriba los pájaros....
 Inmerso en mi rutina me distraigo observando la escena
Como cada tarde, mato los minutos desde el estratégico balcón
Al cabo de una hora echo a caminar hojeando mi agenda
Y sin dejar de acordarme del rostro de ese afortunado ganador.
Es exactamente ahora, -supongo- cuando desbordada ya la sangre
Y drogados los sentidos en el oxigenado pelo que despide patxulí
El momento en que la doctorada feladora consigue que estalle
En su boca experta el espeso epílogo del aristocrático frenesí.

Es cuando el ejemplar y cegatón ciudadano de Vitacura
La monta sobre sus piernas y hurga bajo el vestido de maniquí
Un segundo falo le apunta a la cara para que descubra
Que en cuestión de nada y en clave láctea lo peor está por venir
Que será demasiado tarde para que eso y su vómito discurran
Sin manchar foto de familia, caja de cambios, chequera y compacdís....


( Claudio Olivos - marzo 31 de 2003 - Santiago de Chile )

Nota: Con estos dos poemas (si a alguien le parece que no lo son diré dos cosas: primero: por suerte, la poesía, en muchos aspectos se ha democratizado al punto que gente como yo, se pueda jactar de escribirla. Es, le pese a quien le pese, soberana y libre.... Segundo: para mí, son poemas y aquí, en este sitio, con eso basta....) he querido dar inicio a una recopilación de poemas urbanos escritos en Santiago de Chile, entre 1988 y 2003....
Les he llamado de los bajos fondos porque de allí son. Son el fruto de mis andadas, de mis huídas, de mis pseudoreportajes; y son el fruto de haber conocido a personas-personajes de un valor inconmensurable. En cierto modo, y es lo que importa, estos poemas, son ellas y ellos. Estos poemas son para ellas y ellos....
.... Y son para quien tenga a bien comprenderlos en su esencia. Espero que les gusten o que os gusten....
Nota de la nota: Los restantes, poco a poco irán apareciendo. Eso en la medida que mis pesquisas y las de mis colaboradores lleguen a buen puerto....

lunes, 30 de junio de 2008


" Entre Gatos y Ángeles "

(VINCENT van GOGH - "Still Life with Three Books" - Paris, march april 1887)


Supersticioso como siempre y como cada noche —insisto, como siempre y como cada noche— encaminé mi rumbo hacia la derecha, hacia "la calle más orinada de la ciudad". Indelebles llevaba en mi espíritu los vestigios de una jornada para el olvido. Oculta dejaba mi rabia en la oficina, conviviendo con cuatro amarillentos tomos de gramática, un termo, una calabaza en miniatura, un paquete de hierba-mate recién abierto, una bombilla de plata, una réplica de Guayasamín y una pequeña foto de mi hija. Objetos todos mantenidos allí con el fin de hacer más llevadera, menos tensa, la bolsa de gatos que funcionaba en tan peculiar empresa. Cuestión inútil por lo demás, incluso absurda: ese día decidí presentar mi renuncia a fin de mes, canjeando las múltiples vejaciones recibidas por una corajuda cesantía. (Al país lo sumía una aguda crisis económica: los índices oficiales de desocupación ya se escribían con dos dígitos).

Un junio de fin de siglo, rotundamente otoñal, acusaba el marchito estornudo de las hojas, la paradojal pérdida de ropa de los árboles. (Por culpa del errado pronóstico matinal vestía ropas ligeras). Así las cosas, recibí de lleno una pétrea avalancha de frío, apenas pisé furioso los mordidos pastelones de la Calle Bueras.
Cabizbajo, hilvané los primeros metros. Algo inmensamente superior a mí impedía erguirme.
De improviso, un gordo y perezoso gato negro se cruzó, y, sin mayor preámbulo comenzó a ronronear y a estregárseme entre los pantalones. Esto me alertó. Acicateado por mis inefables cábalas, le descargué un par de patadas antes que se guareciera tras los atestados basureros municipales. Con el corazón todavía batiéndome le grité:
—¿Por qué tenías que cruzarte gato maricón y la gata que te parió?
Afirmándome el corazón retomé la marcha. A lo lejos, en la otra punta de la calle, divisé una menuda silueta femenina aproximándose, la cual, rebelándose a los designios del equilibrio, rozaba allá las descascaradas murallas, impactaba acá los faroles y los renuevos arbóreos. Indeciso, agorero, me detuve: »¡El maldito gato negro. Por la mierda!« Pensé cambiar de vereda; lo mismo pensé retroceder, internarme en el Forestal, y, al amparo de un cigarrillo olvidarme de todo. Hasta consideré la idea de volver a la oficina, pero la descarté de plano: »Devolverse trae mala suerte. Tendría que sentarme tres veces« —sentencié—. Al fin, y alterada esa modorrienta medianoche de martes por ese taconeo cada vez más cercano y categórico, me interné en un estrecho pasaje y me senté apoyado en el portal de un edificio que brindaba una perspectiva ideal para ver quién salía y entraba del pasaje...
El gato volvió a la carga, ronroneando desde un ventanal próximo, sin quitarme de encima su enigmático fulgor, sus ojos de neón transparente. »Pero si lo mato son siete años de desgracia« —recordé, mirándolo de refilón—. Los inestables pasos de la mujer resbalaron y pasaron de largo. »Gracias gatito, gatito, gatito…« —alcancé a decir—. En seguida, esos inestables pasos se rehicieron, retrocedieron y, poco a poco, se me vinieron encima: »¡Por las de mi padre! Olvida lo de las gracias. ¡Claro! ¡Cómo no! ¡Gato negro tenías que ser!« —despotriqué, esta vez mirándolo fijamente.
Separados por unos metros recibí el etílico impacto, el hálito fermentoso de su aliento: »Uyuyuy… Atún con piscola« —dije medio en broma, medio en serio—, alcanzando apenas a sostenerla, justo cuando se desvanecía a mis pies. Profitando de la situación, el obstinado gato ahora retozaba en mi espalda...
Quedé paralogizado largos minutos, observándola, prestándole nula atención a sus ininteligibles e inaudibles balbuceos:
—M'jto... Deppprrrtttmmnnttto... M'jto... Deppprrrtttmmnnttto...
La escena me consternó y enseguida me hice responsable de ese despojo de la noche, ya que no estaba dispuesto a ser cómplice de tamaña injusticia. Quise rectificar la previa intención de huír atendiendo su ínfima y jorobada estatura; la caótica dimensión de sus canas; los míseros residuos cárneos de sus pellejos; su intrincado ritmo cardiaco y el urgente ruego de su veterana sed:
—Mozzz... Mozzz... Otttrrr copppaaa... —balbuceaba, semidormida en mis inexpertos brazos, semiviva latiendo frágil, semimuerta vendimia mustia.
Enternecido a más no poder, le reacomodé el felpudo abrigo rojo que llevaba. La temperatura descendía drásticamente: »Y ahora qué cresta hago« —me preguntaba—. La miré y la miré. La miré ya dormida en mis brazos. Y es que la sostuve —cual vasta raíz al endeble tallo— larga media hora. Incluso la besé repetidas veces en la frente: »Abuelita Esther…« —susurré emocionado, recordando a mi abuela materna, a la cual jamás tuve en brazos y si ella lo hizo alguna vez conmigo, no lo recuerdo.
Mientras, el gato, conocedor de superficies y texturas, acababa de cambiar la mezclilla de mi chaqueta por la colérica suavidad del abrigo y descansaba sobre las costillas de la anciana. En su diminuto reloj logré ver la hora: »la una«. Oteé en rededor e hice el ademán de pararme, al tiempo que quise despertarla.
—¿Y tú...? —preguntó, queriendo zafarse—. ¿Quién eres?
Asumido mi rol de faro esgrimiendo ampolletas, respondí con decisión:
—Digamos... algo así como su protector...
—Mmmhhh... Bien, protector —dijo con una leve mueca de disgusto. Su lengua ya no era traposa—. A ver si eres capaz de llevarme a mi sucucho...
Luego, bostezando agregó:
—Toma. Estas son las llaves: acceso, pasillo, departamento. Último piso. Tengo sueño...
Caminamos lentos. Corregí su precario equilibrio sosteniéndola de un hombro; de uno de sus cadavéricos hombros.
El traqueteo de sus puntiagudos tacos sobre los adoquines espabiló la soñolencia de los ventanales: desde lo alto del Pasaje Bueras surgieron escudriñadoras siluetas, voces malévolas, sarcásticas: ''Otra vez la borrachita que se las da de escritora…'', ''Y mira, el tipo no debe tener más de treinta…'', ''P´tas que va a ser disparejo el lance…'', entre otras frases de calibre cuarenta y cinco o más.
Al tercer amago de irse al suelo —ya del todo dormida— debí tomarla en brazos. »No debe pesar más de treinta kilos« —pensé, impactado—. Supuse que nuestro destino era aquel edificio al final del recodo del pasaje: »Abrigo rojo, edificio rojo« —resolví convencido—. Tras abrir una puerta de vidrio con un pie —y con el otro, ahuyentar gentilmente al gato que se aprestaba a ingresar— la dejé apoyada en la pared, sobre las baldosas de un amplio y oscuro hall.
Me quedé un rato allí. Sonreí al verla retozando en las albinegras baldosas. La imaginé cual crapuloso charco en reposo. Un repentino escalofrío me sacó del marasmo. »Ahora viene lo bueno« —pensé, haciendo rechinar las tres llaves en mi puño cerrado—. Confundido, pero sin abandonar mis cábalas, logré girar la chapa del acceso al primer intento: »Llave negra, chapa negra« —comenté satisfecho.
Una vez abierta la puerta del pasillo, —también al primer intento— volví por ella. La hallé volteada hacia la pared. Sus guturales ronquidos me obligaron a tomarla una vez más en brazos.
—Whissskyyy. Quiero whissskyyy —me susurró en el pasillo—. ¡Tráeme una botella de whissskyyy! —insistió, ya sin susurrar y amenazando despertarse. Sólo amenazando despertarse.
Al empujar la puerta ya entreabierta, reflexioné: »Con suerte me alcanza pa' comprarle una Escudo…«
Sin darme respiro comencé la última escala del turbulento viaje. Y sin acusar cansancio: »¿Treinta? ¡Nunca! No deben ser más de veinticinco« —especulé tanteando la dormida y colorada carga—.
En extremo cuidadoso, fui consumiendo los peldaños, girando y girando la encaracolada escalera. A través de los vidrios rotos divisé un pedazo de noche opaca y, sobre las techumbres aledañas, inconfundibles siluetas de gatos negros que se multiplicaban pisos arriba, supliendo la estampida de las estrellas con el fulgor de sus ojos acechadores. Los fui contando, homologándolos a los distantes latidos de la anciana.
Tuve la impresión de estar en un sueño. Más bien la de experimentar un déjà vu. En la confusión, rememoré sueños de crío, cuando fantaseaba con ser un personaje de historietas: cuando sumergía la imaginación en inverosímiles hazañas. Cuando —sesgado por comentarios de mi religiosa madre— me calzaba la capa del Super Ángel de la Guarda, incansable defensor de los pobres y reprimidos...
Y es que algo de esas historietas capturé en el ascendente espiral de las paredes, de esas paredes adornadas de gatos negros.

Era poetisa. De nombre Violeta. Chilota a mucha honra. Insolente transgresora de los calendarios: de los más de ochenta que ya contaba. Impaciente por llevarse al cielo —ese que alguna vez le prometieron— los andrajos de su equipaje, su abultada tinta literaria. Ella misma se definía como una cucarra y bulliciosa habitué en los periféricos salones del olvido.
Es cuanto alcanzó a narrarme desde el momento en que, súbitamente despierta, y sin peldaños de por medio, me pidió camináramos —»despacito«— por el pasillo de su piso.
—¡Cómo duele la vida, muchacho! —exclamó—. ¡La vieja vida sin alcohol en las venas! ¡Cómo duele no poder hacer huevona —aunque sea un ratito— a la memoria!
Un agrio y punzante nudo en la garganta me sorprendió frente a la puerta de su departamento. Recompuesto, la abrí de a poco.
Era un pequeño departamento, cuyo ámbito lo dominaba un olor espeso, mezcla de humedad y encierro. Un deprimido y precario decorado llamó mi atención, lo mismo la escasez de muebles y de tecnología, propia de una indigencia abismal: »Si es para terminar así, ya no quiero ser escritor« —pensé, abatido.
Sentado en un descalibrado sofá, llevé la mirada hacia la penumbra del dormitorio improvisado con descoloridos velos de gasa, velos en los cuales colgaban, pinchados con alfileres, destellos de tiempos mejores: ajadas fotografías en blanco y negro, verdaderas postales del paraíso, mudos diplomas del amor.
Mientras, desperezándose de la borrachera, Violeta hurgaba entre una montonera de vinilos. Desde un destartalado tocadiscos, chicharrientos e irregulares surgieron los acordes de ''Under the skin'', de Sinatra. Y no sólo eso hizo para desperezarse: también me invitó a bailar… De modo que, envueltos en un cadencioso balanceo, nos internamos en abismales recuerdos, además de confesar no llevarnos muy bien que digamos con el presente:
—¿Sabes por qué venía sola, a esta hora y en estas condiciones?
—Arrancando de alguna pena... Supongo.
Mencionó una regada tertulia en La Casa de los Escritores. Celebró lo fraternal de la velada. Fraternal hasta cuando, a merced de la soledad, comenzó a beber desaforadamente.
—Y ni que fuera la Cenicienta —reclamó—. Justo a las doce, los adalides del honor me echaron con viento fresco...
—Y por lo visto, ningún príncipe azul se dignó acompañarla...
Solía ocurrirle eso. A veces a medianoche, otras, de madrugada, pero irremediablemente caminando a solas. De sus contertulios y colegas dijo que nunca aceptó o aceptaría jamás ayuda, justificándolos:
—Los pobres están más cagados que palo-gallinero de gallinas con salmonella...
Y es que de hombres nada quería saber. »Algunos todavía me rondan« —dijo pícara—. Qué duda quedaba de esa aversión por los compromisos con el sexo opuesto. Si seguía enamorada de su único gran amor: de un sempiterno soñador desaparecido tempranamente, cual sortilegio mutante, cual cabriola del destino corrompida por los desmanes del hombre.
—Él me espera —suspiró con los ojos vidriosos—. Falta poco para encontrarme con mi poeta del acantilado...
—Mucho falta para eso —le dije acariciando sus tiesas mechitas canas.
—La muerte, 'esa vieja fea', me tiene echado el ojo hace rato —dijo con desparpajo—. Me ofrece descanso, me tienta con hamacas de argucias lacias...
—Eso. Es una vieja fea —agregué—. No le haga caso.
—Le hago caso. Le obedezco. Le coqueteo —señaló histriónica—. Si hasta pinto mis labios y me monto en estos zapatos con taco de cornisa, con ruido de circo de Timoteo...
Embelesado, con nula intención de romper el encanto —hasta ignoré mi Sinatrafobia: sus canciones me traían pésimos recuerdos— seguí entregado al incesante girar. Y es que al hacerlo me parecía estar quizás en qué extraviada galaxia, a bordo de quizás qué nave interplanetaria, quizás en qué remota dimensión.
—Violeta, hágame caso —dije infantilmente—. No le coquetee a esa malvada bruja, no se suba a su mugrienta escoba...
Intempestiva, se apartó. Hizo señas de sentarnos al borde de una mesa. Me miró a los ojos, acarició una crucecita que llevaba al cuello y ahora, mirando fijamente una añosa foto, volvió a soltar un suspiro y preguntó:
—¿Quién te puso en mi camino? ¿Dios o mi malogrado pendolista?
—Un gato —respondí, para corregir de inmediato—: Un gato negro...
Nuestras manos se entrelazaron y así permanecieron algunos minutos. Acodados a la mesa, nos miramos con fruición. Frank había dejado de girar en el tocadiscos.
—Y bien —dijo, retomando la palabra—. Entonces: ¿Quién me trajo este Ángel con ojos de gato?
—¿Ángel? ¿Ojos de gato? —le pregunté turbado—. ¡Qué cosas dice Violeta!
—Y de gato negro —repuso—. Son los más parecidos a los de los ángeles.
Sin poder contener unas lágrimas que, rebeldes cayeron sobre el mantel plástico, me distraje observando el zafarrancho de la ínfima cocina. (Violeta se había parado y buscaba algo en el dormitorio). Ahora, mirando el descascarado cielo —ella seguía en sus afanes— repasé los piropos más indelebles recibidos en la vida y, así como no pude establecer si eran muchos o pocos, menos dí con uno que me hubiese hecho ruborizar o levitar como recién no más. »¿Ángel con ojos de gato? ¡Qué tremendo!« —dije en silencio, en un silencio contento.
—Toma. Es un regalo —dijo, entregándome un libro—. ¿Te gusta la poesía?
Era un librito de poesías, con gráfica de un renombrado artista plástico en portada. Era el último escrito por ella. Se titulaba "Furia y Ternura".
—Claro que no es gran cosa —agregó—. Es chiquitito, flaquito como yo.
Comencé a leer con avidez. No tardé en terminarlo: vientos del sur, brisa marina, infinitos oleajes, acantilados, palafitos, tundra, faroles, fantasmas, fábulas, mitos y supersticiones —sí, ¡supersticiones!— parecieron emigrar a la capital, haciéndose un hueco entre nosotros. Violeta se arrimó a mí. Dijo sentir frío.
—¿Por qué "Furia y Ternura"?
—¿Has escrito alguna vez? —preguntó, elegantemente evasiva.
Comprendí que era el turno de hablar de mí. Y aproveché la situación: le confidencié que escribía desde niño. Que le escribía a la naturaleza, a las mujeres, al sistema imperante... Que lo hacía en las agendas que llevaba siempre conmigo. También le dije que, desde enero a junio —en la agenda que en ese momento saqué de mi bolso— había escrito con una intensidad nunca antes lograda. Y que si quería los leía. Sólo si quería.
—¿Quién dice eso de »con una intensidad nunca antes lograda«? —preguntó.
—Nadie —respondí con naturalidad—. Lo digo yo...
—¿Nadie?
—Es que me da pudor mostrarlas. Pero estoy dispuesto a intentar vencer ese pudor. Tal vez una poetisa de su talla pueda ayudarme... —le dije, acercándole con descaro la agenda, como si mi pudor jamás hubiese existido.
Violeta asintió. Al azar, la agenda se abrió en una página de mayo. Allí, impostando la voz, leyó, acerca del mar: »atracado en sus húmedos e infinitos peldaños, el joven pescador se hizo estepario«; luego, de la contratapa, leyó uno inspirado en Cuba: »la brisa revolucionaria te fortalece, el bloqueo te incita a mendigar, la rebeldía tuya, florece y florece«; y acabó con otro que atravesaba las páginas de enero, uno dedicado a cierta mujer: »cual sediento trueno, penetré la estrecha canción de tu garganta...«
Ansioso, esperé su veredicto. Sudando. Transcurridos unos segundos, cogió mi lápiz de tinta verde y escribió temblorosas frases en la hoja del primer día de agosto. »Es cuando empieza el mes de los gatos« —dijo sin mirarme—. »Los gatos… Sí, los gatos« —pensé, mirando absorto su huesuda mano deslizándose trabajosamente sobre la agenda. Al terminar, la cerró con delicadeza y me la entregó:
—Es una declaración. Una declaración de principios —me dijo, poniéndose de pie—. Ahora debes partir: la leerás después, lejos de aquí...
En cada puerta hay un interruptor. Déjalas cerradas. Y gracias por todo.

Cuando se empinaba para besarme en la frente, cerré los ojos, y, sin abrirlos, giré la manilla de la primera puerta —la misma que horas antes fue la tercera— y la abrí con desgano. Y con verdadero pesar escuché cómo se cerraba a mi espalda.
Me sentí levitar rotundo por el pasillo, y, como esta vez no pisaba los peldaños, pude mirar con una mejor panorámica a través de los vidrios rotos y pude comprobar que ya no había gatos, ni negros, ni de color alguno sobre los tejados de los edificios vecinos, si no que pude ver un poco más allá, en el cielo crepuscular, fulgurando, un amasijo de estrellas. Y las paredes del pasillo bajo las pude ver tapizadas con retratos de Violeta: la ví jovial, infinesimalmente feliz, con una sonrisa ancha, cual Luna creciente, bella como una caracola nacarada, la ví de la mano de su amor amado —bigotito breve, sombrero alado—, los ví corriendo, batiéndose a duelo con la ventisca de los fiordos... Sumisa, se abrió la segunda puerta —que seguía siendo la segunda de siempre— y desde lo alto pude ver una hamaca dispuesta en el acceso, en ella pude ver a la poetisa, esta vez durmiendo plácidamente, sin prisa y sobre algodones. Sumisa también, se abrió la tercera de las puertas —alguna vez la primera de ellas— y, con un estornudo de Ángel abrí la puerta de vidrio sin chapa, —en rigor la cuarta puerta, de la cual poco y nada dije antes— y que, al fin y al cabo bien podía no ser una puerta, y bien podía ser una ventana, o bien una perfecta excusa para entrar y salir de los sueños....
Un golpe de frío me bajó de sopetón. Curioso, con los pies bien puestos en los adoquines, eché a caminar leyendo la telúrica nota de Violeta, rubricada así: ''para un Ángel con Ojos de Gato; para un poeta en ciernes....''
Un prominente bulto que, desafiante dormía en la acera de ''la calle más orinada de la ciudad'', y, con el cual tropecé aparatosamente, interrumpió mi emocionada lectura. Ceremonioso, guardé la agenda y, como nunca antes lo había hecho —insisto, como nunca antes lo había hecho— cogí la peluda y lánguida estructura del gato negro, que sin atisbos de rencor, se entregó a mis arrepentidas caricias que, interminables, transcurrían sobre su dichoso lomo....

F I N


Nota: Este cuento esta inspirado en un hecho real. (Una prueba más de lo afortunado que soy....) El sentido común y el respeto por la protagonista, me llevó a alterar descaradamente algunos datos referidos a Violeta (un nombre ficticio). De modo que, parte de su biografía no es real. Todo lo demás, lo viví. (O lo sentí). Eso qué más da....

( Claudio Olivos - Otoño de 2000 - Santiago de Chile )