Mostrando entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sueños. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de agosto de 2008


" Fantasía " (Sueño V)

( De: " Sueños " )

Cuando un irracional huracán de besos tuyos
hizo contacto con la superficie de mi paz,
desguazó los frágiles cimientos de mi zulo
obsoleto, lo redujo a desértico arenal.

Un racimo de noches se hinchó de lunas llenas.
Libre, el toro ignoró el rojo de los semáforos.
El comercio exigió risas en vez de monedas.
Del mundo huyó la miseria: extinguió a filántropos.

Cuando la húmeda batahola de tus susurros
recorrió mi cuerpo como tibia mota de algodón;
enmudeció el burdo cántico de mis conjuros,
se detuvo la crónica absurda de mi reloj.

Las horas empacaron su proverbial malicia.
El cambio climático exilió al fuego del infierno.
Un forzudo Sansón cortó su pelo a Dalila.
Enanos y duendes crecieron de contentos.

Cuando todo acabó y descorrí las cortinas,
te inmortalicé en el follaje de mi cuaderno....


( Claudio Olivos - Agosto 13 de 2006 - Parque del Retiro, Madrid )

martes, 5 de agosto de 2008


" Pasos Rojos " ( Sueño IV )

( De: " Sueños " )

(A todas las víctimas de la tortura. A todos quienes sufrieron la más miserable manifestación de la condición humana....)

Lleva la mirada fija en el horizonte. El tranco resuelto de su maquinaria de fibra y huesos ignora los hirvientes rayos con que el Sol, encumbrado en su bóveda luciferina, anestesia el salino páramo.
Restan casi once kilómetros para que concluya el Maratón de la Libertad organizado por la DIGEDER (Dirección General de Deportes y Recreación). De no mediar algo extraordinario, una cinta tricolor besará su pecho cuando cruce la meta antes de quienes le anteceden.
—Corre, corre... No te quedís en el pelotón... Comunista de mierda... —le grito enérgico, a bordo del jeep que se me ha asignado. (No obstante mi bajo grado militar, la afición por el atletismo me permitió ser comisario de ruta).
Una persistente campaña comunicadora estableció como irrefutables las razones expuestas por las autoridades para trasladar el certamen a esta apartada localidad de la Segunda Región. Dicha campaña adhirió al lema »El deporte une a las regiones de Chile«, omitiendo las adversas condiciones climáticas y geográficas imperantes.
Buena parte del recorrido transcurre alejado de todo indicio de brisa y sombra. (Tan sólo la partida y llegada limitan con el borde costero). Sus 42 kilómetros y fracción de quemante asfalto se internan y escapan del desierto más árido del planeta. Aquella bifurcación de la Carretera Panamericana trepa en los aposentos del purgatorio. La fecha y el horario de la prueba —fines de enero de 1974, mediodía— es una cita con el regente del martirio.
Por una parte, el auspicio de El Mercurio y del Banco de A. Edwards —ambos miembros de un consorcio económico incondicional a la Dictadura— y por otra, el patrocinio del Canal 7, del Ministerio de Defensa y de la DINACOS (División Nacional de Comunicación Social) —voceros oficiales del gobierno de facto— solventan y cubren con holgura los gastos y pormenores de la corrida que congrega a los más selectos fondistas continentales.
Procurando no despertar sospechas, mantengo cierta distancia de él.

Hemos urdido un plan que me impone insultarlo aparatosamente, tal lo hará el resto de la milicia....
—Sin contemplaciones, Mi Camarada... —le dije sonriendo, mientras conversábamos en la ineluctable penumbra de aquel abandonado socavón salitrero, escenario de nuestro último encuentro, minutos antes de la carrera.

—Todo sea por la causa... —me respondió, entregándome una cassette—. Mi testimonio hecho relato, matizado con canciones de Víctor Jara...
Implacable y rotundo, el Sol dispara cascadas de fuego sobre el resquebrajado alquitrán de la carretera, dibujando un oasis de sádicos espejismos. La sequedad del aire es una cápsula quieta de pavor, que captura el achurrascado rumor de los corazones desprendiéndose de esos pechos jadeantes de los corredores...
A ratos cubre su nariz del repulsivo miasma que domina el ámbito: en el cercano puerto, descomunales factorías marítimas pulverizan toneladas de peces. Sin embargo, su tren de carrera permanece imperturbable. El vigor de sus pies descalzos no tropieza con su olfato.
—Sostenga el ritmo hombre —vocifera a través de un megáfono el Coronel Larrondo. Paquidérmico, rubicundo, sentado a la sombra de una carpa de campaña transpira profusamente, atareado con el voluminoso sandwish que desaforado muerde—. Con la gloria del Ejército de Chile no se juega...
He logrado mantenerme a pocos metros de él. Mis sentidos se rebelan, se revuelven. Un agresivo picor azuza el portón de mi garganta y humedece la órbita de mis ojos con un extraño ardor.
Ataviadas por la tortura y el espanto, aviesas lágrimas trepan las murallas de Mi Camarada y se instalan en los faldeos de la impotencia cuando su altiva voz brota desde la cassettera de mi vehículo....
»Un lapidario toque de queda constituía la delgada línea entre la vida y la muerte de los reaccionarios...
Aquella gélida noche de septiembre sesionó clandestinamente la Junta de Resistencia Armada, a cargo del Comité Central del Partido. Lo hizo burlando los dictámenes represores que sancionaban el asociarse y reunirse en público. Aún no se acallaba el murmullo de Mis Camaradas concluido el incendiario discurso que pronuncié, cuando de manera intempestiva el recinto —ubicado en las añosas dependencias de F.F.C.C., en la Calle Exposición— sucumbió a la traición. Una deleznable llamada alertó a las cuadrillas militares que irrumpieron con su equipaje de odio y barbarie:
—Párate y camina Guevarista conch'e tu madre... —le grita al oído con el rifle en ristre un conscripto a Lautaro Cárdenas, Secretario del Partido. El Camarada, tras recibir una andanada de culatazos y puntapiés, bordeando la asfixia traga sangre, arrodillado, apoyándose contra las ligustrinas que dan a la calle.
—Al camión, al camión, humanoide hija de la gran puta... —insulta, histérico, un miembro del piquete a Nidia Laso, Presidenta de los Exonerados Políticos de F.F.C.C., quien, aferrada de pies y manos a los tablones de la gradería, se resiste a ser trasladada, nadie sabe dónde.
—¿Y qué mirái tan desafiante chascón indecente? —increpa un tiznado recluta a Roberto Santana, caudillo estudiantil de la Universidad Técnica—. Después, hunde su bototo en el estómago del joven dirigente y le dice:
—¡Toma... pa' que 'scarmentís!
—Este huevón es mío... —ordena a un soldado el Capitán a cargo del operativo. Cual si fuera una pieza de gimnasio, me toma del pelo y me lleva en vilo hasta la calle.
Los ojos desorbitados y enrojecidos, los espumarajos bucales de los uniformados, me hacen temer lo peor.
—Mi especialidad son los Comunistas... Mi especialidad son los Comunistas... —repite vesánicamente el avezado militar, ahora apuntándome en la frente con un arma automática. Su vozarrón ordena me engrillen.
—Aunque se ensañen conmigo. Ni medio quejido, ni media palabra —me juramento al subir a la patrulla.
La noche transcurrió premonitoriamente aciaga. Dolorosas imágenes se agolparon, quedándose para siempre en mi retina, interminables, reiterativas: ultrajadas mujeres de mirar perdido, llorosas preguntan por sus hombres e hijos; otras, padecen súbitas contracciones de golpes alevosos, ceñidas al umbilical nudo de una matriz en ciernes; penosos ancianos arrastrándose, anfibios dolientes, resignados al ocaso truculento y despiadado; adolescentes lúgubres, telúricos, crepitan pánicos ancestrales, caminan lacerados; cesantes empedernidos sudan impagos una jornada plena de llagas; exonerados baldíos hospedan peñascos y maleza en la abastasia de sus desmayos; estudiantes capciosamente reprobados, susurran asignaturas pendientes en sus abolidos cuadernos; pobladores anónimos hacinan la estadística y solidarizan con el obrero, el peón, el profesor, el panadero... Todos depredados al unísono por el abominable zarpazo terrorista del nuevo estado.
—¿Alguno entre los presentes memorizó el discurso del Doctorcito? —pregona entre la cuadrilla un locuaz conscripto—. ¡Ese que pronunció antes que le voláramos la raja!
Confabuladas con el degüello de un pueblo oprimido, la luna y las estrellas se exiliaron, durmiendo su precaria siesta de septiembre ocultas en la azotea del espanto.
Es posible que la memoria y la tinta de los historiadores hagan otro tanto...«
Una cruel amenaza altera la sincronía de su incólume ritmo:
—Si no ganái Comunista maldito, a la noche me la culeo —lo conmina el Teniente Magaña, quien, al pasar por nuestro lado, exhibe una fotografía de su hermana menor, también presa. Mientras se aleja a bordo de un jeep descapotado, enrosca y lame la punta de su prominente bigote cano.
»...Nos mantuvieron desde la medianoche hasta el crepúsculo, a la intemperie, en un inmenso patio. Una delgada película de escarcha cubría el carcomido cemento de la explanada, hurgaba en el vaho que expulsaban nuestras bocas, en los recovecos de nuestras temperaturas. Rasguñaba y torcía entrañas ováricas, elevaba nuestros testículos hasta las amígdalas. Los negligentes punteros del reloj se mofaban de nuestro multitudinario tintinear de dientes; las hematomas y cicatrices, sumidas en un forzado cerrojo zumbaban, escocían; las amplias despensas de la imaginación se impregnaban de pólvora y se estremecían con cada tronar en los subterráneos. Un austero vientecillo se colaba a través de los ventanales rotos de un galpón contiguo, trayendo consigo el hedor que emanaban las fecas y orines estancados en las centenarias alcantarillas de los baños dispuestos para los detenidos.
Eso no fue todo: brutales interrogatorios, masivas golpizas inauguraron el nuevo día. Varios se doblaron, pero, adscritos a un mudo coraje, resistieron. Por desgracia, otros, dignos y pertinaces, ante nuestros atónitos ojos, fueron groseramente ejecutados. En mi caso, una despiadada rotativa de callejones oscuros —dos hileras de reclutas te propinan escupitajos, zamarreos, puñetazos y patadas— y una sesión de eléctricos interrogatorios, bastaron para que mi cuerpo se convirtiera en gelatinoso vaivén y los residuos de mi artesanal vestimenta en fúnebres harapos...«
La compacta caravana pedestre, cual alegoría Bolivariana, se desliza con matices y bemoles libertarios. Desde la partida, Mi Camarada encabeza el nutrido y relegado pelotón. Su don de estratega reposa en la extravagancia de su trote descalzo. No le preocupa que un reducido grupo de atletas —todos extranjeros— puntee el circuito. Ello, a pesar de los dos kilómetros que los separa. Eximio conocedor del agreste clima —luego de cuatro meses de reclusión en el desértico centro de torturas— vaticina en voz alta, casi recitando, lo que les depara:
—No sólo chilenos matan estos fascistas, también a otros hermanos latinoamericanos...
»...A mediodía nos trasladaron a otro sitio. Durante la tarde una nueva mudanza. Al entrar la noche un cadalso distinto, tal si se tratara de animales rumbo al matadero: identificados con una cifra, grilletes en ambos tobillos, vendados, inciertos, borboteando adrenalina. Durante semanas se sucedieron los trasvasijes. El último de ellos —que pareció eterno— tuvo como destino final el puerto de Pisagua.
Llegar allí fue llegar a la antesala del infierno. La obstinación hacia mí entre los militares de todo rango se tornó enfermiza, cimentada en un irracional compendio de amedrentamientos:
—Quince voltios más y este huevón se caga hablando...
—Otro submarino y nos da hasta la dirección de la abuelita...
Hurgaron en la maraña subversiva, en las chapas de cabecillas, en neurálgicos puntos de encuentro, en contenidos del programa de choque, en sigilosos paraderos de armamento. Los interrogatorios se sucedieron inmisericordes, afanosos por trizar férreos eslabones, por manchar sólidos principios. Nada consiguieron. Mi temple cobijaba un mordido silencio.
La resistencia que ofrecí en aquellas sesiones de ablandamiento —al parecer sin precedentes— me hizo digno de la admiración de prisioneros venidos de todo Chile...«
—Corre Comunista de mierda... Corre Marxista culia'o... —coreo junto a un puñado de soldados apostados bajo unos toldos.
Me mira de reojo. Apenas sonríe. Por momentos, pienso que nuestro plan es demasiado siniestro. Su relato le enrostra un cruento flash back. Las circunstancias que de manera dolorosa lo convirtieron en el crédito de los fondistas del Ejército de Chile lo hacen flaquear por un breve lapso. Sin embargo, los constantes improperios recibidos —incluidos los míos— acicatean el prontuario de sus zancadas y retoma su demoledor tranco.
»...De madrugada me visitaban las comitivas torturadoras. Y siempre me hallaban hecho un estropajo. Encapuchado me conducían hacia la desolada e irascible playa. Allí, cual espectáculo romano, me echaban a correr, desnudo y descalzo. De ese modo debía jugarme el pellejo en la arena, orillando el reventar de las olas.
—¡Corre Comunista y la puta que te parió! —me insultaban. Era la campanada con que mi instinto despertaba. Célere, debía huir del podrido ingenio de los conscriptos. Pasados tres minutos de clemencia, mis verdugos largaban una docena de pastores alemanes. Despavoridos y extasiados, iban por mí, husmeando las huellas de mi jadeante latir. A través de este insólito ejercicio —la contraperroj, según la jerga uniformada— me vi forzado a transformarme en un mítico maratonista. Hoy mi organismo es capaz de soportar las más severas inclemencias climáticas. Mis menudas piernas adquirieron la fortaleza del guerrero araucano; la base de mis 58 kilos es pura fibra; desarrollé una formidable caja torácica; manejo los ritmos de carrera a mi antojo y poseo el instinto para elegirlos según la ocasión. En mi meteórica trayectoria me mantengo invicto, vistiendo los colores del glorioso Ejército de Chile. Y todo ello corriendo a pata pelá...«
—Oiga, si gana la carrera cómprese unas zapatillas —le grita ingenuamente un lugareño.
»...Pero no fue gratis ni sencillo llegar a eso. Durante un par de semanas hube de soportar estoicamente los tarascos y arañazos de los perros. Dolorosas curaciones y pequeñas cirugías se convirtieron en algo cotidiano. Luego de un tiempo y amparado en la terquedad logré domesticarlos. Fue sólo a partir de entonces cuando comencé a pulir mi naciente estirpe atlética. Estirpe entrenada a lo largo de kilómetros de paraje marino. Ello gracias a que algunos de mis captores vieron con buenos ojos mis dotes y me concedieron ciertas libertades. Lejos de mis bestiales centinelas y escoltado por aquellos lazarillos, me entregué hasta con cierto entusiasmo a ese entrenamiento. Esas postales nocturnas transcurrieron rutilantes, testificadas por el ir y venir de las olas y, en ocasiones, con una majestuosa luna llena alumbrando la esfinge de mi piadosa estrella...«
La crudeza del relato me quiebra. Omitiendo los riesgos subo el volumen de la cassetera y en una imprudente maniobra logro ubicarme a su lado. Los estertores del aparato monopolizan el ámbito y su trote.
—Y cuando crucís la meta levanta tu mano derecha —le espeta a lo lejos un dúo de cenceños y paliduchos Generales.
Restan cinco kilómetros. Se ha despegado del pelotón. Las otrora lejanas siluetas de los corredores extranjeros se rinden a la hostilidad del clima. Abúlicas, casi no se despegan del lacerante asfalto. Mi Camarada va, cabal y arbitrario, por el liderazgo de la prueba. Tal cual lo hemos planificado, es el turno de atacar.
Las circunspectas congratulaciones, la cima del podio, el bruñir de los flashes y el marcial galardón de una victoria que se le antoja vergonzosa, irremediables se aproximan.
Emotivas imágenes concurren a visitar el albergue de su memoria. Solitarios, tarareamos un estribillo que deambula entre los pormenores de su vía crucis:
Córrele, córrele, córrela, por aquí por aquí por allá... Córrele, córrele, córrela, córrele que te van a matar...
»...Despuntando aquella brumosa alborada, las patrullas me hallaron sobre la húmeda arena, bocabajo, dormido, con el pulso débil y una avanzada hipotermia. Había corrido la friolera de ciento diez kilómetros, novecientos diecinueve metros y setenta y tres centímetros.
Un atónito militar, tras las mediciones de rigor, comentó, mientras me cacheteaba nerviosamente:
—Y en no más de cinco horas y media... ¡el muy putamadre!
Los exhaustos perros improvisaron una ronda a mi alrededor. Presos de un fraternal sentimiento temperaron mi cuerpo con su pelaje, al tiempo que me lamían.
Las histriónicas órdenes de los Oficiales para que se alejaran resultaron estériles, incapaces de quebrantar esa cómplice tregua. Los pastores alemanes no cesaban en sus guturales afanes reanimantes...«
Cientos de habitantes de este remoto lugar, poco familiarizados con este tipo de acontecimientos, se mantienen tras las barreras de seguridad con sus banderitas chilenas plásticas, enarbolando un forzado orgullo como un enjambre que se desintegra apenas la constelación de atletas termina de pasar frente a ellos. Las postales de un Chile caricaturizado caen a los agujeros de la Carretera Panamericana, apuñalando el vientre del endémico desierto.
Emulando su trote de alianza canina sobre el nocturno litoral, enfrenta la curva que clausura el trazado.
—Sostenga el ritmo —le indico sonriendo—. Por la gloria del... Partido.
En este momento decido abandonar mi expectante posición. Acelero y me dirijo hacia los moribundos punteros del certamen.
Impotente contemplo el árido paraje que combina, de manera tétrica, misérrimas chozas con sus interminables patios y la imponente estructura del campo de concentración bajo el nefario manto de la canícula.
A partir de ahí mis remembranzas más recientes se tornan flagrantes, indemnes:
—Ponte esto debajo —le dije, mientras se vestía, ajeno a todo revuelo, en el oscuro socavón—. Te lo mereces
Su rostro, a pesar de la penumbra, resplandeció al recibir esa roja camiseta. La carestía de dentadura pareció enmendarse al sonreír como hace tanto tiempo no lo hacía.
—Gran gesto
Mi Camarada —me dijo, conteniendo el llanto. Luego, añadió:— ¿Y si corro con ella?
—Yo que tú no lo haría —le señalé—. Si te descubren, te acribillan en plena carrera...
—Lo cual me llenaría de orgullo... —me interrumpió.
—Ya lo sé... —asentí, para advertirle enseguida:— En todo caso no hace falta darles ese gusto...
Me lo quedé mirando y, después de unos segundos, manifestándole mi infinita admiración, rectifiqué:
—¡Anda y demuéstrales quiénes somos!
Nos fundimos en un emotivo y prolongado abrazo. Aún me estremecen las vibraciones de su áurea y los intrincados surcos en su llagada espalda. Al despedirnos intenté una vez más, en vano, lo de las zapatillas:
—¿Y...? —le pregunté, mostrándoselas.
—¡Ni muerto! —respondió.

Un par de horas más tarde, aquellas palabras —premonitorias y consecuentes—cobrarían plena vigencia. Debí adivinarlo. ¡Debí impedir que usara la roja camiseta! 


La gente huye despavorida. Un piquete de uniformados, cual impetuosa avalancha, se va encima de los reporteros gráficos, les requisan sus equipos, los agreden. Estupefactos, los fondistas improvisan un cúlmine homenaje, una huelga de piernas caídas. Se descalzan y lanzan sus zapatillas al mar.
Avergonzado, el Sol se cubre los ojos. Un ventarrón apocalíptico pretende cubrir de arena la épica tragedia en este desierto avaro.
Su puño izquierdo permanece cerrado, invulnerable. Duro como roca.
Iluso, procuro reanimarlo. No lo consigo. Se enfría su maquinaria de fibra y huesos. El rojo combustible borbotea desde su pecho. De sus labios resbala un frío temblor. Su voz, extinguiéndose, balbucea lisiados fonemas. Las verdes bisagras de sus retinas palidecen. No obstante, su rostro sonríe.
¡Qué ganas de sacarme este antifaz! ¡Qué ganas de gritar a los cuatro vientos la repulsión de vestir este profanado uniforme!
Su ensangrentado y agónico cuerpo sobre mi regazo da cuenta del desenlace de la trama.
Miro hacia el horizonte, tropiezo con el asfalto y la coherencia de su ofrenda.
Concurren a mi memoria las reñidas imágenes de los cincuenta metros finales del Maratón:
La algarabía es total. Los militares se congratulan palmoteándose, incluso se besan ante la inminencia del triunfo.
Pletórico de coraje y rebeldía, MI CAMARADA se desgarra la camiseta verdecaqui y corre, ya sin escudo ni vergüenza, orgulloso hacia la meta. Lo veo romper la cinta tricolor, cruzándola, casi cayendo. Veo el humeante agujero en su camiseta roja, justo en el puño del martillo. La hoz ha quedado intacta....


Capturo su postrero latido cuando vuelvo a mirarlo. Traduzco su escalofriante balbuceo al leer en sus temblorosos labios el ensordecedor aullido de una docena de perros lamiendo en el asfalto el descalzo vestigio de sus pasos rojos...


FIN



Nota: Yo, tuve la fortuna de soñar lo que he contado. Centenares de miles, en cambio, lo vivieron, lo padecieron....

( Claudio Olivos - Septiembre de 2002 - Barrio Lastarria, Santiago de Chile )


viernes, 1 de agosto de 2008


" Geografía " (Sueño III)

(De: "Sueños")


(VINCENT van GOGH - "The Parsonage Garden at Nuenen with Pond and Figures" -Nuenen - nov 1885)



¿Sabes cuánto tardo en memorizar tu suburbio?
Nada más lo que en llegar a tu ombligo me ocupa.
Nada más lo que en llevarme a la boca tus desnudos.
Si de mi aviesa orfandad quieres ser discípula
enseñarte quiero los surcos de mi arrebujo,
el urgente alimento de esta distancia absurda.


Nunca te canses de pernoctar en mis conjuros
si me sorprende la noche mordiendo tu Luna:
allí, periférico, tan lejos del círculo.
Fonema que lánguido lleva en mi boca muda
ese equipaje tuyo que duerme en mí, nocturno
prontuario devenido a gesta, a heroica brújula….


( Claudio Olivos - Septiembre 7 de 2006 - Plaza del Niño Jesús, Madrid )

jueves, 31 de julio de 2008


" Allá Arriba II " (Sueño II)

(De: "Sueños")



Succionada cual asteroide por La Tierra
aterrizó en el vientre plano de la foresta.
El esperpento de mi indómita estrategia
tropezó con el vivo acicate de su estela....

Llevaba espirales jadeantes en la cabeza,
un velo de ademanes sonrientes por esencia
y por geografía una ensenada discreta,
morena como el Sol durante la adolescencia....

Le hablé como al enigma salvaje de las piedras
desde mi hálito de arqueólogo costumbrista.
Un eco tronó en el cráter de su muda puerta,
una voz sinuosa me dijo: vengo de una isla....

Comprendí que solamente atravesó su charco
y que no la expulsó un parto de la Vía Láctea.
Supe que su presencia fracturó los infartos,
la risa de los hongos, la ebriedad de las mareas....

Intempestiva huyó. Entonces, su elipse siniestra
riñó de nostalgia la mensura de mis labios.
Me quedé su perfume, el incienso de sus piernas
(¿Una mujer? ¿Un astro?) y mil dudas acechando....

( Claudio Olivos - Septiembre 16 de 2006 - Parque del Retiro, Madrid )


" Pobre Teoría Acerca del Significado de Soñar "

( De: " Sueños " y/o "Teorías Esperpénticas" )


Adentrarse cada noche en un claustro
invisible de aviesos manifiestos;
escapar del agrio espacio, holocausto
que es comida chatarra de los necios.

Vislumbrar como corriente: que un gato
seduzca Valkirias que huelen a trufa
leyéndoles pasquines libertarios,
brindando con la cepa de la astucia.
Ver que son dos planetas nuestros labios,
que nuestro ombligo es el túnel de fuga
hacia donde el Sol se arrastra, afiebrado
cada noche a acostarse con la Luna.

Nadar en un pozo hialino sin fondo
acariciando el lomo de los peces,
atravesar más temprano que pronto
el dudoso limbo que nos mantiene
despiertos removiendo agrios escombros,
dormidos relamiendo dulces mieles.

Volar por un cielo henchido de árboles
vaciando una tregua de alas rotas;
plagiarle a un arco iris sus colores
con la paleta de una risa muy honda;
desde arriba agitar las estaciones
fundirlas en una solemne estrofa.

Correr por una avenida de ballenas,
con los semáforos batirse a duelo;
escanciar de coches las carreteras,
el tráfico urbano hacerlo un adefesio.
Expulsar al idiota a las grandes tiendas,
cual moda esparcir el halo de misterio:
desvelarlo sólo cuando se encienda
la frágil lámpara de nuestros sueños.


Despertar cada mañana embobado
tras pilotar alfombras voladoras,
con las manos cincelando escenarios:
siendo a veces dios y otras un tramoya.



( Claudio Olivos - Julio 29 de 2008 - Plaza de Oriente, Madrid )



Nota: Poema requerido por ti e inspirado en parte de lo que me dijiste. No sé quién eres, aún así, puedes pasar a buscarlo cuando te apetezca. Es tuyo....

domingo, 27 de julio de 2008


" Soñando el Viento " ( Sueño I )


( De: "Sueños" )


En la madrugada de sábado de un mayo casi extinto, tras los brindis, bailes y discursos en su honor, la princesa Eola escapó del Castillo de Vallevientos de manera subrepticia. Lo hizo escabulléndose del celoso control de sus padres, aprovechando un descuido de éstos cuando posaban para una revista del corazón. Lo hizo esquivando a una cáfila de admiradores, (eternos y despechados candidatos a desposarla) valiéndose de la manida excusa de "vuelvo enseguida, voy a retocarme, se me ha corrido el rímel...." Y lo más intrépido: lo hizo burlando las severas medidas de seguridad instauradas por la Irreal e Infausta Orden de los Caballeros de Prosegur, cuando los 101 miembros de la guardia gastaban la jornada en uno de los calabozos del recinto, pegando a un hombre de rasgos indígenas que no había pagado su entrada.
Confabulaciones del azar mediante, y, tras recorrer durante horas y horas un tupido bosque de castaños, pinos y hierba loca, la princesa consiguió llegar a una solitaria y bravía playa: La Playa de Los Sapos que Sí Bailan Flamenco.
En sintonía con los tenues hilillos de luz que una primaveral luna menguante le proporcionaba, sabiéndose completamente sola, fue incapaz de resistirse a los impulsos de una intempestiva turbación febril, de un antojo de felina en celo....
Sin pensárselo dos veces, se deshizo de corsés, tafetanes, encajes, corpiños.... El fulgurante tatuaje de una "V" en forma de ave en vuelo era todo cuanto la cubría. Con ese tatuaje honraba a su dios, El Viento. Se trataba, además, de una seña de identidad que alimentaba su leyenda, su condición de virgen. La llevaba tatuada en el vértice del precipicio en que nacían, a la par, sus voluminosos encantos. (Ya podéis iros imaginando dónde....)
Una vez desnuda por completo, se adentró en el trepidante y esponjoso rumor de las olas. Retándose a duelo con ellas, sumergiéndose entera y volviendo a aparecer. Así, repetidas veces.... Cual escultura empapada, desnuda desde sus pies de azafata de Spanair hasta su cobriza y enmarañada cabellera. Todo, para deleite de una galería de estrellas, de un aposento de cometas, sibaritas del vouyerismo más supremo.... Transcurrida una hora, y ya extasiada, abandonó el agua y se echó de espaldas sobre la compacta película de arena. La tregua de los elementos marinos, devenida a silencio sobrecogedor, le permitió escuchar con total nitidez el tumb-tumb de su henchido corazón.
Así pasaron largos minutos. El cielo, como si la paleta del horizonte lo hubiese maquillado, adquirió un tono violáceo. Una intrusa columna de luz se instaló entre su desnudez y la muerte de las olas. El revoloteo de las gaviotas y el rumor de los pescadores de las playas cercanas, no consiguieron interrumpir la nitidez con que su corazón le hablaba.
Tímida primero y luego virulenta, una brisa marina borracha y zigzagueante (tras una noche de juerga, incesto y bohemia) sacó a Eola del marasmo. Aquella manifestación de la naturaleza arrastró sus finas telas de princesa, su pasaporte textil de castellana, sus rótulos de Mango o Zara. (Como usted prefiera, pero prefiera la industria nacional). Las arrastró desperdigándolas por ese paraje de ensueño. Arrastrándose, sus ropas esculpieron a las rocas, lamieron la arena. Arrastrándose, hasta convertirse en harapos, en residuos de visita de sicarios. Arrastrándose, huyendo del alcance de sus ojos que reposaban, ajenos a todo, sobre un cielo cada vez más claro.
Una vez despierta del embriagador embrujo, la princesa se puso en pie mientras se llevaba las manos a la boca, sin dar crédito a la abrupta forma en que sus ropas avanzaban y casi desaparecían, ahora como un todo indivisible, allá, al final de la playa. Las siguió con la mirada hasta verlas tropezar, hasta verlas detenerse sobre un bulto indescifrable y se echó a correr hacia ellas, orillando las olas....
El bulto indescifrable correspondía al desnudo cuerpo de un hombre que yacía sobre la mojada y compacta arena. Enorme fue su impresión al comprobar la verdosa y pacífica agonía de aquel extranjero con tantos atributos de príncipe como de batracio. Omitiendo el trámite de coger y ponerse el residuo de sus ropas, Eola quiso auxiliarlo. Conforme a los conocimientos adquiridos en un cursillo de esos que imparten en C.C.C. y motivada por un subterráneo deseo, se hincó sobre la arena y comprobó que era demasiado tarde.
En el ancho pecho del ahogado, un corazón se negaba a latir. Cogió una de sus muñecas buscando signos vitales sin hallarlos. Recorrió la cuenca de esos ojos vaciados en algún puerto. Más de lo mismo: ausencia de vida. Consciente que llamar al Samur, y qué decir al 112, era un insulto a la razón y a la paciencia, comprendió que era momento de echar mano de la magia....
Presa de un tierno instinto, algo impropio de los nobles que la rodeaban, comenzó a vestirlo con parte de sus piltrafas. En la singular labor, no podía evitar mirarlo palmo a palmo, ni podía evitar auscustarlo con ojos febriles. Tardó lo indecible en vestirlo, pues, al tiempo que lo hacía, le frotaba el cuerpo. Su propósito era combatir la avanzada hipotermia que lo afectaba. Quiso relajarse riéndose de la renovada estética del hombre, comprendiendo que, en este caso, era lo que menos importaba. Una vez que consiguió relajarse, se empeñó en querer descifrar el epidérmico desasosiego que ese cuerpo inerte le provocaba. En tanto, unos tímidos rayos solares salieron a escena, con la modorra propia de quien intenta desprenderse de las sábanas. Y es que esos rayos bostezaban sobre la rubia arena, entibiándola apenas....
La princesa, cada vez más conmovida y hechizada por el hombre, no escatimó esfuerzos intentando reanimarle. Nada resultaba. Ya a punto de darse por vencida, y como recurso postrero, convocó a todos los descendientes de su dios, El Viento....
Una fuerza inconmensurable, apocalíptica, desguazó las tripas de las rocas; hizo y deshizo castillos con la arena; alteró la ruta de las gaviotas; redujo a un vaso indomable la furia de las olas. Un remolino frenético y certero los cogió desde la punta de la piel, desde el ombligo de los sueños y, sin siquiera preguntarles, los subió a un vuelo sin escalas, a una ruta sin programas.
La furia eólica pudrió las fronteras; abolió coronas y banderas; desató una pandemia de revoluciones y, acaso lo más significativo: exilió del país de las maravillas a Eola. Bueno, la exilió en compañía del extranjero, del intruso. (Como usted prefiera llamarle). El destino de ambos fue una república ignota, libre de la pandemia de la cordura....
Así las cosas, instalados en el regazo de una alta cumbre y en la misma postura que tenían al ser expulsados de aquella playa, comenzaron su nueva experiencia de inquilinos del exilio. Cuando la princesa se disponía a besar al hombre para revivirlo -ya sabéis, el cutre tópico de Walt Disney- un punto en fuga la paralizó. Él la seguía con la mirada, al tiempo que, con una mano serena, jugueteaba con la amazonía capilar de ella. No satisfecho, con la maligna pericia de Tarantino quebrando sus guiones, se incorporó y, acodado sobre la hierba, la atrajo hacia sí con la fuerza de un vendaval incierto.
Ya incómodo de llevar esas ropas, se fue desnudando mientras la besaba, y, al fragor de la contienda, el hombre, cual ilusionista trucando estratósferas por azoteas, cual mago salpicando conejos con estrellas, cual brujo desapareciendo epicentros en la periferia, le fue traspasando los harapos, harapos que, en cuerpo de Eola, devenían a piezas similares a corsés, tafetanes, encajes, corpiños....
Sólo cuando sus bocas se separaron, el hombre fue cosiendo y ciñendo esas piezas al cuerpo de la princesa. Para ello se valió, simplemente, de palabras. Palabras convertidas en rito, en símbolo de una romántica alianza y que, desde entonces, le susurra a Eola cada vez que la viste y desviste o, lo que es lo mismo, cada vez que amenazan con croar los sapos. Esos que, además de bailar flamenco, también practican la magia....



( Claudio Olivos - Mayo 28 de 2005 - Parque del Retiro, Madrid )